El descubrimiento interior del don de Dios
¡Queridos hermanos y hermanas, queridos jóvenes!
Guiados y protegidos por Jesús resucitado, celebramos, en el cuarto domingo de Pascua, llamado también «domingo del Buen Pastor», la 63.ª Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones. Es una ocasión de gracia para compartir algunas reflexiones sobre la dimensión interior de la vocación, entendida como el descubrimiento del don gratuito de Dios que florece en lo profundo del corazón de cada uno. Recorramos juntos el camino de una vida verdaderamente bella que el Pastor nos indica.
El camino de la belleza
En el Evangelio de Juan, Jesús se define literalmente como el «pastor bello» (ὁ ποιμὴν ὁ καλός) (Jn 10,11). La expresión indica un pastor perfecto, auténtico y ejemplar, dispuesto a dar la vida por sus ovejas, manifestando así el amor de Dios. Es el Pastor que fascina: quien lo contempla descubre que la vida es realmente bella cuando se lo sigue. Para conocer esta belleza no bastan los ojos del cuerpo ni los criterios estéticos; hacen falta contemplación e interioridad. Sólo quien se detiene, escucha, reza y acoge su mirada puede decir con confianza: «Me fío de Él; con Él la vida puede ser verdaderamente bella; quiero recorrer este camino de belleza». Y lo más extraordinario es que, al convertirnos en sus discípulos, también nosotros nos volvemos «bellos»: su belleza nos transfigura. Como escribió el teólogo Pavel Florenskij, la ascesis no crea al hombre «bueno», sino al hombre «bello».[1] En efecto, además de la bondad, lo que distingue a los santos es la luminosa belleza espiritual que irradia de quienes viven en Cristo. Así, la vocación cristiana se revela en toda su profundidad: participar de su vida, compartir su misión y resplandecer con su misma belleza.
Esta comunicación interior de vida, fe y sentido fue también la experiencia de san Agustín, quien, en el tercer libro de las Confesiones, mientras reconoce y confiesa los pecados y errores de su juventud, descubre a Dios «más íntimo que mi propia intimidad».[2] Más allá del conocimiento de sí mismo, descubre la belleza de la luz divina que lo guía en la oscuridad. Agustín percibe la presencia de Dios en lo más profundo de su alma, comprendiendo la importancia de cuidar la interioridad como espacio de relación con Jesús y como camino para experimentar la belleza y la bondad de Dios en la propia vida.
Esta relación se construye en la oración y el silencio y, si se cultiva, nos abre a la posibilidad de acoger y vivir el don de la vocación, que nunca es una imposición ni un esquema prefijado al que simplemente adherirse, sino un proyecto de amor y felicidad. El cuidado de la interioridad: desde aquí es urgente recomenzar en la pastoral vocacional y en el compromiso siempre renovado de la evangelización.
Con este espíritu, invito a todos —familias, parroquias, comunidades religiosas, obispos, sacerdotes, diáconos, catequistas, educadores y fieles laicos— a comprometerse cada vez más en crear contextos favorables para que este don pueda ser acogido, alimentado, custodiado y acompañado, y dé frutos abundantes. Sólo si nuestros ambientes resplandecen por una fe viva, una oración constante y un acompañamiento fraterno, la llamada de Dios podrá florecer y madurar, convirtiéndose en camino de felicidad y salvación para cada persona y para el mundo. Al emprender el camino que Jesús, el bello Pastor, nos indica, aprendamos a conocernos mejor y a conocer más de cerca al Dios que nos ha llamado.
Conocimiento recíproco
«El Señor de la vida nos conoce e ilumina nuestro corazón con su mirada de amor».[3] Toda vocación comienza con la conciencia y la experiencia de un Dios que es Amor (cf. 1 Jn 4,16): Él nos conoce profundamente, ha contado los cabellos de nuestra cabeza (cf. Mt 10,30) y ha pensado para cada uno un camino único de santidad y servicio. Este conocimiento, sin embargo, debe ser siempre recíproco: estamos invitados a conocer a Dios mediante la oración, la escucha de la Palabra, los sacramentos, la vida de la Iglesia y la entrega a nuestros hermanos y hermanas. Como el joven Samuel, que durante la noche oyó quizá inesperadamente la voz del Señor y aprendió a reconocerla con la ayuda de Elí (cf. 1 Sam 3,1-10), también nosotros debemos crear espacios de silencio interior para percibir lo que el Señor guarda en su corazón para nuestra felicidad. No se trata de un saber intelectual abstracto ni de un conocimiento erudito, sino de un encuentro personal que transforma la vida.[4] Dios habita en nuestro corazón: la vocación es un diálogo íntimo con Él, que nos llama —a pesar del ruido a veces ensordecedor del mundo— y nos invita a responder con verdadera alegría y generosidad.
«Noli foras ire, in te ipsum redi, in interiore homine habitat veritas — No salgas fuera de ti; vuelve a ti mismo; la Verdad habita en el hombre interior».[5] San Agustín nos recuerda de nuevo lo importante que es aprender a detenernos y crear espacios de silencio interior para escuchar la voz de Jesucristo.
Queridos jóvenes, ¡escuchad esta voz! Escuchad la voz del Señor que os invita a vivir una vida plena y realizada, haciendo fructificar vuestros talentos (cf. Mt 25,14-30) y clavando en la Cruz gloriosa de Cristo vuestros límites y debilidades. Deteneos, pues, en la adoración eucarística; meditad asiduamente la Palabra de Dios para vivirla cada día; participad activa y plenamente en la vida sacramental y eclesial. De este modo conoceréis al Señor y, en la intimidad propia de la amistad, descubriréis cómo entregaros, ya sea en el matrimonio, el sacerdocio, el diaconado permanente o la vida consagrada, religiosa o secular. Cada vocación es un don inmenso para la Iglesia y para quien la acoge con alegría. Conocer al Señor significa, ante todo, aprender a confiar en Él y en su Providencia, que sobreabunda en toda vocación.
Confianza
Del conocimiento nace la confianza, actitud hija de la fe, esencial tanto para acoger la vocación como para perseverar en ella. La vida se revela como un continuo confiar y abandonarse en el Señor, incluso cuando sus planes alteran los nuestros.
Pensemos en san José, quien, a pesar del inesperado misterio de la maternidad de la Virgen, se fía del sueño divino y acoge a María y al Niño con corazón obediente (cf. Mt 1,18-25; 2,13-15). José de Nazaret es un icono de confianza total en el designio de Dios: confía incluso cuando todo a su alrededor parece oscuridad y negatividad, cuando las cosas parecen avanzar en dirección contraria a la prevista. Confía y se abandona, seguro de la bondad y fidelidad del Señor. «En cada circunstancia de su vida, José supo pronunciar su “fiat”, como María en la Anunciación y Jesús en Getsemaní».[6]
Como nos enseñó el Jubileo de la Esperanza, debemos cultivar una confianza firme y estable en las promesas de Dios, sin ceder jamás a la desesperación, superando miedos e incertidumbres, seguros de que el Resucitado es Señor de la historia del mundo y de nuestra historia personal. Él no nos abandona en las horas más oscuras, sino que viene a disipar con su luz todas nuestras tinieblas. Gracias a la luz y a la fuerza de su Espíritu, incluso a través de pruebas y crisis, podemos ver madurar nuestra vocación y reflejar cada vez más la belleza de Aquel que nos llamó, una belleza hecha de fidelidad y confianza, a pesar de las heridas y las caídas.
Maduración
La vocación no es una meta estática, sino un proceso dinámico de maduración, favorecido por la intimidad con el Señor. Estar con Jesús, dejar actuar al Espíritu Santo en nuestros corazones y en las situaciones de la vida, y releerlo todo a la luz del don recibido significa crecer en la vocación.
Como la vid y los sarmientos (cf. Jn 15,1-8), toda nuestra existencia debe asentarse en un vínculo fuerte y esencial con el Señor, para convertirse en una respuesta cada vez más plena a su llamada, a través de las pruebas y las podas necesarias. Los «lugares» donde más se manifiesta la voluntad de Dios y se experimenta su amor infinito son a menudo los vínculos auténticos y fraternos que somos capaces de establecer a lo largo de la vida. ¡Qué valioso es contar con un guía espiritual seguro que acompañe el descubrimiento y el desarrollo de nuestra vocación! ¡Qué importantes son el discernimiento y la verificación a la luz del Espíritu Santo para que una vocación pueda realizarse en toda su belleza!
La vocación, por tanto, no es una posesión inmediata, algo «dado» de una vez para siempre: es más bien un camino que se desarrolla de modo semejante a la vida humana, en el que el don recibido, además de ser custodiado, debe alimentarse de una relación cotidiana con Dios para crecer y dar fruto. «Esto tiene un gran valor, porque sitúa toda nuestra vida ante el Dios que nos ama y nos permite comprender que nada es fruto de un caos sin sentido, sino que todo puede integrarse en un camino de respuesta al Señor, que tiene un proyecto maravilloso para nosotros».[7]
Queridos hermanos y hermanas, queridos jóvenes, os animo a cultivar vuestra relación personal con Dios mediante la oración diaria y la meditación de su Palabra. Deteneos, escuchad, confiad: así, el don de vuestra vocación madurará, os hará felices y dará frutos abundantes para la Iglesia y para el mundo.
Que la Virgen María, modelo de acogida interior del don divino y maestra de la escucha orante, os acompañe siempre en este camino.
Del Vaticano, 16 de marzo de 2026
León XIV
Notas
[1] «La ascesis no crea al hombre “bueno”, sino al hombre bello, y el rasgo distintivo de los santos no es en absoluto la “bondad”, que puede estar presente también en personas carnales y muy pecadoras, sino la belleza espiritual, la belleza deslumbrante de la persona luminosa y radiante, absolutamente inaccesible al hombre tosco y carnal» (P. Florenskij, La columna y el fundamento de la verdad, Roma 1974, 140-141).
[2] San Agustín, Confesiones, III, 6, 11: CSEL 33, 53.
[3] Carta ap. Una fidelidad que genera futuro (8 de diciembre de 2025), 5.
[4] Cf. Benedicto XVI, Carta enc. Deus caritas est (25 de diciembre de 2005), 1.
[5] San Agustín, De vera religione, XXXIX, 72: CCSL 32, 234.
[6] Francisco, Carta ap. Patris corde (8 de diciembre de 2020), 3.
[7] Francisco, Exhort. ap. postsin. Christus vivit (25 de marzo de 2019), 248.

