Mensaje del papa León XIV a los jóvenes
Jornada Mundial de la Juventud 2025
«También vosotros dais testimonio, porque estáis conmigo» (Jn 15,27)
¡Queridos jóvenes!
Al comienzo de este primer mensaje que os dirijo, deseo ante todo daros las gracias. Gracias por la alegría que transmitisteis cuando vinisteis a Roma para vuestro Jubileo, y gracias también a todos los jóvenes que se unieron a nosotros en la oración desde todas partes del mundo. Fue un acontecimiento precioso para renovar el entusiasmo de la fe y compartir la esperanza que arde en nuestros corazones. Hagamos, pues, que el encuentro jubilar no quede como un momento aislado, sino que marque, para cada uno de vosotros, un paso adelante en la vida cristiana y un fuerte estímulo para perseverar en el testimonio de la fe.
Precisamente esta dinámica ocupa el centro de la próxima Jornada Mundial de la Juventud, que celebraremos el domingo de Cristo Rey, el 23 de noviembre, y que tendrá como tema: «También vosotros dais testimonio, porque estáis conmigo» (Jn 15,27). Con la fuerza del Espíritu Santo, como peregrinos de esperanza, nos preparamos para convertirnos en testigos valientes de Cristo. Comencemos desde ahora un camino que nos guiará hasta la edición internacional de la JMJ en Seúl, en 2027. Desde esta perspectiva, quisiera detenerme en dos aspectos del testimonio: nuestra amistad con Jesús, que acogemos de Dios como un don, y el compromiso de cada uno en la sociedad como constructores de paz.
Amigos, por tanto testigos
El testimonio cristiano nace de la amistad con el Señor, crucificado y resucitado para la salvación de todos. No se confunde con una propaganda ideológica, sino que es un verdadero principio de transformación interior y de sensibilización social. Jesús quiso llamar «amigos» a los discípulos a quienes dio a conocer el Reino de Dios y pidió que permanecieran con Él, para formar su comunidad y enviarlos a proclamar el Evangelio (cf. Jn 15,15.27). Cuando Jesús nos dice: «Dad testimonio», nos asegura que nos considera sus amigos. Sólo Él conoce plenamente quiénes somos y por qué estamos aquí: conoce vuestro corazón, jóvenes, vuestra indignación ante las discriminaciones y las injusticias, vuestro deseo de verdad y de belleza, de alegría y de paz; con su amistad os escucha, os anima y os guía, llamando a cada uno a una vida nueva.
La mirada de Jesús, que quiere siempre y únicamente nuestro bien, nos precede (cf. Mc 10,21). No nos quiere como siervos ni como «activistas» de un partido: nos llama a estar con Él como amigos, para que nuestra vida sea renovada. El testimonio brota espontáneamente de la gozosa novedad de esta amistad. Es una amistad única, que nos concede la comunión con Dios; una amistad fiel, que nos hace descubrir nuestra dignidad y la de los demás; una amistad eterna, que ni siquiera la muerte puede destruir, porque tiene su origen en el Crucificado resucitado.
Pensemos en el mensaje que el apóstol Juan nos deja al final del cuarto Evangelio: «Este es el discípulo que da testimonio de estas cosas y las ha escrito, y sabemos que su testimonio es verdadero» (Jn 21,24). Todo el relato precedente se resume como un «testimonio», lleno de gratitud y asombro, por parte de un discípulo que nunca dice su nombre, sino que se define como «el discípulo a quien Jesús amaba». Este apelativo refleja una relación: no es el nombre de un individuo, sino el testimonio de un vínculo personal con Cristo. Esto es lo que de verdad importa para Juan: ser discípulo del Señor y sentirse amado por Él. Comprendemos entonces que el testimonio cristiano es fruto de la relación de fe y de amor con Jesús, en quien encontramos la salvación de nuestra vida. Lo que escribe el apóstol Juan vale también para vosotros, queridos jóvenes. Cristo os invita a seguirlo y a sentaros a su lado, para escuchar su corazón y compartir de cerca su vida. Cada uno es para Él un «discípulo amado», y de este amor nace la alegría del testimonio.
Otro testigo valiente del Evangelio es el Precursor de Jesús, Juan el Bautista, que dio «testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él» (Jn 1,7). Aunque gozaba de gran fama entre el pueblo, sabía bien que era sólo una «voz» que señala al Salvador: «Este es el Cordero de Dios» (Jn 1,36). Su ejemplo nos recuerda que el verdadero testigo no busca ocupar el centro de la escena ni atraer seguidores hacia sí. El verdadero testigo es humilde e interiormente libre, ante todo de sí mismo, es decir, de la pretensión de ser el centro de atención. Por eso es libre para escuchar, interpretar y decir la verdad a todos, incluso ante los poderosos. De Juan el Bautista aprendemos que el testimonio cristiano no es un anuncio de nosotros mismos ni celebra nuestras capacidades espirituales, intelectuales o morales. El verdadero testimonio consiste en reconocer y mostrar a Jesús, el único que nos salva, cuando Él aparece. Juan lo reconoció entre los pecadores, inmerso en la humanidad común. Por eso el papa Francisco insistió tanto: si no salimos de nosotros mismos y de nuestras zonas de comodidad, si no vamos hacia los pobres y quienes se sienten excluidos del Reino de Dios, no encontramos ni damos testimonio de Cristo. Perdemos la dulce alegría de ser evangelizados y de evangelizar.
Queridos amigos, invito a cada uno de vosotros a seguir buscando en la Biblia a los amigos y testigos de Jesús. Al leer los Evangelios, descubriréis que todos encontraron el verdadero sentido de la vida en la relación viva con Cristo. En efecto, nuestras preguntas más profundas no encuentran escucha ni respuesta en el desplazamiento infinito por el teléfono móvil, que capta la atención dejando la mente cansada y el corazón vacío. Tampoco nos llevan lejos si las mantenemos encerradas en nosotros mismos o en círculos demasiado estrechos. La realización de nuestros deseos auténticos pasa siempre por salir de nosotros mismos.
Testigos, por tanto misioneros
De este modo, vosotros, los jóvenes, con la ayuda del Espíritu Santo, podéis convertiros en misioneros de Cristo en el mundo. Muchos de vuestros coetáneos están expuestos a la violencia, obligados a usar armas, separados de sus seres queridos y forzados a emigrar o huir. Muchos carecen de educación y de otros bienes esenciales. Todos comparten con vosotros la búsqueda de sentido y la inseguridad que la acompaña, el malestar ante las crecientes presiones sociales o laborales, la dificultad para afrontar las crisis familiares, la dolorosa sensación de falta de oportunidades y el remordimiento por los errores cometidos. Vosotros mismos podéis poneros al lado de otros jóvenes, caminar con ellos y mostrarles que Dios, en Jesús, se ha hecho cercano a cada persona. Como le gustaba decir al papa Francisco: «Cristo muestra que Dios es cercanía, compasión y ternura» (Carta enc. Dilexit nos, 35).
Es cierto: no siempre es fácil dar testimonio. En los Evangelios encontramos a menudo la tensión entre la acogida y el rechazo de Jesús: «La luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió» (Jn 1,5). Del mismo modo, el discípulo-testigo experimenta en primera persona el rechazo y, a veces, incluso la oposición violenta. El Señor no oculta esta dolorosa realidad: «Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán» (Jn 15,20). Sin embargo, esta se convierte en una ocasión para poner en práctica el mandamiento más elevado: «Amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen» (Mt 5,44). Es lo que han hecho los mártires desde los comienzos de la Iglesia.
Queridos jóvenes, esta historia no pertenece sólo al pasado. Todavía hoy, en muchos lugares del mundo, los cristianos y las personas de buena voluntad sufren persecución, mentira y violencia. Quizá también vosotros hayáis sido tocados por esta dolorosa experiencia y hayáis sentido la tentación de reaccionar instintivamente, poniéndoos al nivel de quienes os rechazaron y adoptando actitudes agresivas. Recordemos, sin embargo, el sabio consejo de san Pablo: «No te dejes vencer por el mal; antes bien, vence al mal con el bien» (Rm 12,21).
No os dejéis desanimar: como los santos, también vosotros estáis llamados a perseverar con esperanza, especialmente ante las dificultades y los obstáculos.
La fraternidad como vínculo de paz
De la amistad con Cristo, que es don del Espíritu Santo en nosotros, nace un modo de vivir marcado por la fraternidad. Un joven que ha encontrado a Cristo lleva a todas partes el «calor» y el «sabor» de la fraternidad, y quien entra en contacto con él o con ella se siente atraído hacia una dimensión nueva y profunda, hecha de cercanía desinteresada, compasión sincera y ternura fiel. El Espíritu Santo nos hace ver al prójimo con ojos nuevos: en el otro hay un hermano, una hermana.
El testimonio de fraternidad y de paz que la amistad con Cristo suscita en nosotros nos eleva por encima de la indiferencia y de la pereza espiritual, ayudándonos a superar cerrazones y sospechas. Además, nos une unos a otros y nos impulsa a comprometernos juntos, desde el voluntariado hasta la caridad política, para construir nuevas condiciones de vida para todos. No sigáis a quienes utilizan las palabras de la fe para dividir; organizaos, en cambio, para eliminar las desigualdades y reconciliar a las comunidades polarizadas y oprimidas. Por eso, queridos amigos, escuchemos la voz de Dios en nosotros y venzamos nuestro egoísmo, convirtiéndonos en activos artesanos de paz. Entonces esa paz, que es don del Señor resucitado (cf. Jn 20,19), se hará visible en el mundo mediante el testimonio común de quienes llevan su Espíritu en el corazón.
Queridos jóvenes, ante los sufrimientos y las esperanzas del mundo, fijemos nuestra mirada en Jesús. Cuando estaba a punto de morir en la cruz, confió la Virgen María a Juan como madre, y a él a ella como hijo. Ese don extremo de amor es para cada discípulo, para todos nosotros. Os invito, por tanto, a acoger este vínculo santo con María, Madre llena de afecto y comprensión, cultivándolo especialmente mediante la oración del Rosario. Así, en cada situación de la vida, experimentaremos que nunca estamos solos, sino que somos siempre hijos amados, perdonados y alentados por Dios. Dad testimonio de ello con alegría.
Del Vaticano, 7 de octubre de 2025, memoria de la Bienaventurada Virgen María del Santo Rosario.
León XIV

