Vocación a la santidad
La palabra «vocación» tiene muchos significados y, en sentido amplio, significa «llamada de Dios»:
La vocación a la santidad es a la vez universal —ya que todos estamos llamados a ella— y absolutamente única:
Hay testimonios que son útiles para estimularnos y motivarnos, pero no para que tratemos de copiarlos, porque eso hasta podría alejarnos del camino único y diferente que el Señor tiene para nosotros. Lo que interesa es que cada creyente discierna su propio camino y saque a la luz lo mejor de sí, aquello tan personal que Dios ha puesto en él (cf. 1 Co 12, 7), y no que se desgaste intentando imitar algo que no ha sido pensado para él.
— Papa Francisco, Gaudete et exsultate
La llamada a la santidad concierne, por tanto, a todos los bautizados, cada uno en su estado de vida o en su situación particular. Lo esencial es vivir con amor el día a día, dando testimonio de los valores del Evangelio:
¿Eres consagrada o consagrado? Sé santo viviendo con alegría tu entrega. ¿Estás casado? Sé santo amando y ocupándote de tu marido o de tu esposa, como Cristo lo hizo con la Iglesia. ¿Eres un trabajador? Sé santo cumpliendo con honradez y competencia tu trabajo al servicio de los hermanos. ¿Eres padre, abuela o abuelo? Sé santo enseñando con paciencia a los niños a seguir a Jesús. ¿Tienes autoridad? Sé santo luchando por el bien común y renunciando a tus intereses personales.
— Papa Francisco, Gaudete et exsultate
En este camino de santidad, cada uno tiene una misión e incluso es una misión:
«Cada santo es una misión; es un proyecto del Padre para reflejar y encarnar, en un momento determinado de la historia, un aspecto del Evangelio. (…) Esta misión encuentra su sentido pleno en Cristo y solo se comprende a partir de él.
En el fondo, la santidad consiste en vivir los misterios de su vida en unión con él.
Consiste en asociarse a la muerte y a la resurrección del Señor de una manera única y personal, en morir y resucitar constantemente con él.
Se trata, pues, de dejar que Cristo viva en nosotros con la fuerza del Espíritu Santo en la Iglesia, día a día, viviendo lo cotidiano con lo extraordinario del amor incondicional y de la entrega de uno mismo.
Todos los fieles, cristianos, de cualquier condición y estado, fortalecidos con tantos y tan poderosos medios de salvación, son llamados por el Señor, cada uno por su camino, a la perfección de aquella santidad con la que es perfecto el mismo Padre.
Lumen gentium n.º 11
La llamada a la amistad con Jesús
La llamada a desarrollar los propios dones
La llamada al servicio misionero hacia los demás
La llamada al trabajo
La llamada a formar una familia
La llamada a una consagración especial